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CARACTERIZACIÓN
Y GESTIÓN DEL ARBOLADO SINGULAR URBANO.
Pero determinados ejemplares y determinadas arboledas pueden y deben ser objeto de un tratamiento especial, anteponiendo su conservación a la lógica de la funcionalidad y de los costos. Estos son los árboles singulares.
Los catálogos de Árboles Singulares acogen ejemplares aislados o conjuntos de árboles, públicos o privados, excepcionales por su edad, porte, belleza, rareza, etc.
Mediante la normativa y la declaración correspondientes, se les aplica un régimen especial de atención y conservación.
La pasada década ha dado una producción notable de trabajos teóricos y prácticos en arboricultura, de enorme trascendencia, que han sacudido los cimientos de la arboricultura clásica.
En el tema que aquí nos ocupa, el desarrollo del árbol y sus modelos arquitecturales han sido estudiados por varios investigadores (Hallé, Edellin, etc.) relacionados con la Universidad de Montpellier. Un tema muy cercano a éste, el proceso de senescencia o envejecimiento del árbol (urbano, frutal o forestal) y, en definitiva, la fisiología y desarrollo a lo largo de la vida desde la germinación hasta la muerte, ha sido también ampliamente estudiado.
Debemos concretamente a Pierre Raimbault la definición de una serie de fases o etapas de desarrollo fisiológico y estructural por las que pasa todo árbol en su ciclo vital.
El conocimiento de tales etapas es fundamental, ya que nos aporta los elementos de diagnóstico para entender en qué fase de desarrollo está un árbol y, por lo tanto, cuáles son las reglas a las que, en esa fase, está sujeto.
El árbol joven muestra unas capacidades de crecimiento y recuperación muy altas. Como árbol urbano presenta ventajas indudables (capacidad de instalación y crecimiento en situaciones precarias, resistencia a agresiones y plagas, sistema radicular muy activo, etc.), pero también algunos posibles inconvenientes (crecimiento invasivo de copa y raíz, etc.).
No siempre el árbol joven es un árbol vigoroso. Una combinación de mala calidad de la planta y pobres condiciones del suelo dará como resultado árboles jóvenes raquíticos durante muchos años. Alteraciones graves en el suelo, agresiones graves en tronco o en copa, podas exageradas, serán la causa de debilidad, pasajera o crónica, de árboles jóvenes.
El árbol joven vigoroso se comporta como tal: fuerte crecimiento en copa y en raíz, grandes elongaciones anuales, amplios crecimientos anulares en la madera, fuerte tendencia a la verticalidad y a la dominancia de un eje central, fuerte compartimentación de heridas y pudriciones, y (en terminología de Raimbault), desarrollo en hipotonía, es decir, desarrollo de las nuevas ramas a partir de las yemas inferiores de las ramas laterales.
El árbol joven débil muestra algunas características del árbol viejo.
La tendencia a la verticalidad y al crecimiento se reducen en el árbol maduro, que muestra unos anillos de crecimiento menores, y un achatamiento de la copa. Es el momento (en el ámbito forestal) de la corta.
Precisamente la corta sistemática de los árboles forestales en esta fase y el desinterés por mantener árboles forestales en fases posteriores han favorecido, durante años, el desconocimiento de las fases avanzadas del desarrollo del árbol, y no es hasta tiempos muy recientes, como hemos visto, cuando se han aportado conocimientos fundamentales en este sentido.
Lo cual es sumamente oportuno, pues una buena proporción de árboles urbanos no son precisamente árboles jóvenes y vigorosos, sino árboles maduros, cuando no francamente débiles y/o viejos, como es el caso de la mayor parte de los árboles monumentales.
Todo lo que en el árbol joven es vigor, expansión y creación, se convierte en el árbol viejo en debilidad, reducción y pérdidas: muerte progresiva de ramas importantes y de las grandes raíces de anclaje, debilitamiento de las capacidades de compartimentación, avance de las pudriciones, debilitamiento de las defensas, etc.
Lo cual no significa necesariamente la muerte del árbol:
Los crecimientos (elongación y crecimiento anular de la madera) se reducen mucho, pero, obviamente, no desaparecen.
Se produce una muerte centrípeta de la copa y de la raíz, pero pueden aparecer nuevas brotaciones en el interior de la copa (brotaciones en epitonía y reiteraciones) y en la raíz, capaces de recrear estructuras de copa y raíz más discretas, pero funcionales.
Hay una pérdida importante de solidez (por pudriciones) y estabilidad (por pérdida de anclaje radicular), pero pueden compensarse por la reducción espontánea de altura y volumen de la copa.
Etc.
El medio urbano impone sus condiciones al desarrollo vital del árbol. Las condiciones generales (calidad del aire, clima urbano...) no suelen ser exageradamente restrictivas, y normalmente se solucionan con una adecuada elección de las especies a implantar. Sin embargo, hay otros aspectos del entorno urbano que sí pueden suponer unas restricciones importantes:
Limitación de suelo explotable: las raíces sólo se desarrollan en aquellas partes del suelo con una presencia adecuada de oxígeno y de humedad. En la práctica, el suelo urbano sufre de:
Compactación: el suelo urbano carece de los mecanismos constantes de aireación propios del suelo forestal natural, sufriendo una compactación progresiva.
Limitación a la incorporación de aguas pluviales: la modernización y extensión de los pavimentos supone la impermeabilización del suelo urbano frente a las aguas de lluvia.
Alteraciones del entorno: pavimentaciones, zanjas, obras de todo tipo, alteran constantemente el suelo urbano, afectando al suelo y las raíces del arbolado.
Agresiones accidentales: las propias obras y los accidentes de tráfico causan un buen número de agresiones, especialmente a los troncos.
Podas abusivas: actualmente es bien conocida la relación directa entre podas abusivas y pudriciones de estructuras, entendiendo por podas abusivas los cortes de ramas de más 8 cm. de diámetro.
Todo esto afecta más a los árboles viejos, que acumulan durante su larga vida alteraciones y lesiones.
A otro nivel, la constante presencia de bienes humanos y materiales hace que la detección, valoración y reducción de riesgo se esté convirtiendo en una de las principales preocupaciones de los responsables del arbolado urbano, especialmente si a una altura y peso importantes se suma una estructura dañada o envejecida, como suele ser frecuente en los árboles singulares.
La consideración de monumentalidad y excepcionalidad debería ser temprana, antes de que los árboles llegasen a la vejez, pues la propia excepcionalidad de la gestión puede hacer que la entrada en vejez tarde más en darse, o se produzca de una manera más leve y llevadera.
La correcta gestión de árboles grandes situados dentro de la malla urbana es compleja y cara. Las condiciones concretas de la declaración de monumentalidad definen el marco de la gestión posible. Por ello, la herramienta más importante y efectiva de gestión es la definición del instrumento legal de protección.
En sus aspectos prácticos, la gestión del arbolado monumental supone la correcta gestión del árbol, del entorno, y de las relaciones de los árboles entre sí y con el entorno.
El estudio del árbol y del entorno nos permite conocer y valorar las constantes en las que vive el árbol: orientación, exposición, iluminación, competencia, suelo, profundidad, características, humedad, drenaje...
Se deben definir las que deben mantenerse constantes, y las que deben corregirse, si las hubiera.
5.1.1.
Suelo.
Salvando las agresiones y alteraciones graves, el elemento más crítico es el suelo.
Si el suelo presenta unas buenas condiciones (algo poco frecuente), el objetivo será mantenerlo así, evitando una progresión de la compactación. La compactación es más temible en suelos arcillosos que en suelos arenosos.
Si el suelo está cubierto por una pavimentación, la norma será no alterarla, salvo que sea muy reciente y se observe decaimiento en el árbol.
Las nuevas pavimentaciones, o la mejora de las ya existentes, tendrán un efecto fatal sobre el arbolado existente, salvo, si acaso, si éste es muy joven y vigoroso.
Si el suelo se demuestra pobre y compactado, se buscará su recuperación mediante la implantación de un acolchado y de un riego controlado. Los resultados serán tanto más lentos e inciertos cuanto peor sea el estado del árbol y más avanzada su etapa de desarrollo.
A veces se suma un deterioro progresivo de las condiciones del suelo, con el descenso de vigor del árbol maduro, adelantándose la entrada en vejez. En estos casos, los trabajos de mejora de las condiciones del suelo pueden provocar una revitalización del árbol.
Muy raramente el suelo muestra una carencia que justifique un abonado o una enmienda.
5.1.2.
Iluminación y competencia por la luz.
El árbol sintetiza su alimento en función de la cantidad e intensidad de luz que recibe. Como regla general, por tanto, evitaremos que el árbol singular quede ensombrecido por los árboles que le rodean. A otro nivel, la competencia por la luz produce un espigamiento, un crecimiento en altura, que resulta siempre inconveniente para árboles de larga vida.
5.1.3.
Exposición al viento.
Después de los problemas de suelo, el viento es el peor enemigo de los árboles viejos, normalmente con problemas de estructura y de anclaje. La gestión, por tanto, velará para que los árboles singulares viejos queden protegidos del viento por otros.
5.2. Gestión del árbol monumental individual.
Los árboles monumentales individuales deben preservarse de toda agresión en tronco, copa y raíz. Si el emplazamiento de un árbol hace que las alteraciones del entorno y las agresiones sean frecuentes, cuando no inevitables, es preferible evitar su inclusión en el catálogo de árboles singulares.
La gestión del árbol individual precisa el diagnóstico de su estado y etapa de desarrollo. De ello se deriva el razonamiento lógico de sus necesidades.
El árbol singular joven, que se supone bien elegido para su ubicación y se pretende majestuoso en su madurez, precisa un eje central único y, preferentemente, una ausencia casi total de podas.
El árbol maduro eleva su copa definitiva por encima de la copa temporal, formada por ramas juveniles, que progresivamente languidece y muere. La gestión correcta detecta estas ramas temporales y las elimina justo antes de su muerte, y corrige las malformaciones espontáneas de la copa.
El árbol viejo sufre un descenso de copa bien evidente, mostrando ramas muertas de mayor o menor entidad en la parte alta de la copa. El proceso puede acabar con la muerte del árbol, pero, en ciertos ejemplares de algunas especies, este proceso se acompaña de una brotación de chupones y ramas nuevas en el interior y la parte baja del tronco. Esta reacción debe entenderse y respetarse, pues garantiza la pervivencia del ejemplar.
El control del riesgo, y la eliminación de todo el ramaje seco, son actividades obligadas.
Existe a día de hoy técnicas capaces de estimar la estabilidad de los árboles y su aguante a los vientos. En determinados ejemplares será necesario realizar una reducción de altura de la copa que garantice su estabilidad.
A otros niveles, la protección del árbol singular debe ser total, impidiendo al máximo la posibilidad de agresiones, accidentes, erosión de raíces, etc.
La definición del “terreno de protección del árbol”, es decir, del volumen de suelo en el que se entiende que está el volumen mayor de las raíces, es fundamental. Debe aceptarse que el suelo explorable por las raíces es fundamentalmente superficial. La observación de las zanjas en los suelos locales nos dará una imagen muy real de la distribución de las raíces en el perfil: raramente bajan de los 50 centímetros. Por ello, la extensión en superficie suele ser amplia.
La gestión de las arboledas, singulares o no, es compleja, pero, a diferencia del árbol singular, individual, puede permitir una pervivencia indefinida. En el caso de las arboledas singulares, o monumentales, cabe entender (y, en mi opinión así debe hacerse) la prioridad del conjunto sobre los individuos. Es decir, los individuos tienen siempre una vida limitada, pero la arboleda, bien gestionada puede permanecer en el tiempo.
La correcta gestión de las arboledas urbanas, cuanto más de las singulares, exige la eliminación progresiva de un cierto número de ejemplares, los más débiles y dominados, en beneficio de los restantes. Y esto, tanto en la gestión de la densidad, como en la continua y necesaria renovación.
La situación ideal es que cada árbol singular tenga un plan de gestión individualizado en el que se describan sus circunstancias concretas y la programación de las medidas oportunas, sobre el propio árbol y sobre su entorno, necesarias y suficientes para su correcta conservación.
Unos buenos planes de gestión permiten planificar las actuaciones, prever costos, etc., así como tomar conciencia de la complejidad del mantenimiento de los árboles singulares.
Para
empezar, toda la obra de Alex Shigo, personaje fundamental en el nacimiento de
la arboricultura moderna: “A New Tree Biology”. “A New Tree Biology
Dictionary”. “100 Tree Myths”. “Modern Arboriculture”. “Tree Anatomy”.
“Tree Pruning: A Worldwide Photo Guide”.
"The body languaje of Trees" de Clauss Mattheck y Helge Breloer, es otro libro fundamental, sin traducción en castellano. Mattheck condensa en este libro su propuesta de "autorrefuerzo o autooptimización de la estructura de los árboles sanos y dañados", y en base a ello, una teoría de predicción de estructuras dañadas en base a la presencia de crecimientos (abultamientos) correctores.
"Principles of Tree Hazard Assessment and Management", de David Londsdale, un libro bien trabajado sobre valoración y gestión de riesgo.
"La poda de los árboles ornamentales: del porqué al cómo." de C. Drénou. Aunque es un libro orientado a la poda, tiene varios capítulos de fisiología, desarrollo estructural, etc. En su redacción participa un colectivo de profesionales en el que brillan personalidades de altísimo nivel: G. Bory, C. Bourgery, Y. Caraglio, Cl. Edelin, P. Raimbault... y la bibliografía recoge perfectamente el "quién es quién" de la arboricultura moderna.
Gabriel Iguiñiz Agesta. Mayo de 2003. www.arbolonline.org