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ESTRATEGIA
DE GESTIÓN DE ÁRBOLES MONUMENTALES.
El Árbol Singular o Monumental es, por definición, un árbol al que destacamos del conjunto (por las razones que sean: culturales, etc.), y al que dedicamos unos medios extraordinarios de protección y gestión.
Dado que es un ser vivo, se entiende que su pervivencia es prioritaria, y que su propia esencia se pierde en caso de muerte. Muchos árboles singulares y/o monumentales son árboles viejos, con problemas propios de su edad, y generalmente están fuera de su entorno natural, o éste está degradado.
La gestión de los árboles monumentales debe pretender la conservación de tales árboles en condiciones óptimas, y armonizar tal protección con su divulgación, promoción y utilización como elemento cultural y educativo.
Frente a la estrategia general del forestal, que pretende el desarrollo de masas forestales, e incluso frente a la arboricultura urbana y ornamental, que normalmente trabajan con conjuntos de árboles, la gestión de arbolado singular o monumental trata con árboles individuales. Nosotros debemos conservar ese árbol singular en las mejores condiciones y (al menos en teoría) indefinidamente: es inadmisible la pérdida del ejemplar; no tiene sentido sus sustitución. Y esta es una pretensión no habitual, para la que se requieren conocimientos y referencias no habituales.
Así, por ejemplo:
Los árboles monumentales suelen estar en entornos urbanos o humanizados, incluso con una fuerte presión de visitantes. La degeneración y compactación progresivas del suelo, con o sin exposición y daño de raíces superficiales, y la alteración de su estructura y régimen de humedad, suelen ser importantes y, en bastantes casos, muy graves. Esto, que normalmente es más que suficiente para acabar con un árbol, debe abordarse muy seriamente en el caso de árboles monumentales.
En muchos casos, los árboles monumentales suelen ser árboles viejos. El árbol viejo (estados 8, 9 y 10 de Raimbault) está sujeto a leyes, procesos y estrategias propias. La conformación y evolución de la copa, la producción de reiteraciones y chupones, los cambios fundamentales en el sistema radicular (conformación, profundidad, extensión, vitalidad...), que afectan a la absorción y al anclaje, etc., suponen una ciencia en sí misma (nueva, por cierto).
Los árboles viejos muestran una incómoda falta de vitalidad que les puede conducir a procesos de debilitamiento progresivo, de los que es muy difícil, cuando no imposible, sacarlos, a pesar de los esfuerzos por mejorar sus condiciones vitales.
Frecuentemente los árboles monumentales son árboles estructuralmente alterados, cuando no arruinados. La estrategia de actuación frente a las pudriciones precisa del conocimiento profundo de los trabajos de A. Shigo y CODIT (compartimentación de las pudriciones en madera viva).
La debilidad o la ruina estructural puede suponer un peligro para el propio árbol y para los visitantes. Se debe poseer un conocimiento completo de evaluación de riesgo de rotura de las estructuras, y de los trabajos de los diferentes autores sobre el tema: valoración visual de Clark y Matheny, VTA de Mattheck, SIA y SIM de L. Wessolly, etc.
Se deben conocer y utilizar los aparatos de exploración y valoración estructural (Fractómetro, Arbosonic, Martillo de impulsos, Resistógrafo, Picus, etc.), a sí como las técnicas de refuerzo estructural existentes.
Dejando a un lado los aspectos legales (declaración, propiedad, etc.), proponemos aquí una estrategia general de gestión de los árboles monumentales, donde las diversas actuaciones concretas quedan enmarcadas dentro de un plan con unas prioridades preestablecidas.
La protección legal de los árboles singulares o monumentales conlleva la publicación de su existencia y ubicación, lo que supone una expresa invitación a su visita. Por ninguna razón es aceptable mantener un árbol en condiciones tales que supongan un riesgo de accidente para los visitantes. La valoración del riesgo y su control deben ser la primera exigencia de gestión. Tal control debe realizarse con actuaciones sobre el propio árbol y su entorno, y/o con restricción de acceso del público a su entorno inmediato.
La segunda exigencia de gestión debe ser la pervivencia del ejemplar. Una correcta diagnosis del árbol y del entorno debe detectar si la pervivencia corre peligro, y las causas de ello. Especialmente en árboles viejos o desvitalizados, las actuaciones incorrectas pueden desencadenar o acelerar la muerte del ejemplar. Haremos hincapié en varios aspectos críticos:
El posible desplome del árbol o de partes importantes del árbol, como se ha dicho, pueden precipitar su muerte.
El estado y calidad del suelo en una superficie al menos igual a la proyección de copa y, preferentemente, el doble. Las limitaciones ofrecidas por el suelo (aireación, compactación, desecación, fertilidad, micorrización, etc.), pueden poner al árbol (especialmente al árbol viejo) en situaciones límite, críticas, donde incluso alteraciones menores pueden terminar por matarlo.
Las alteraciones en el suelo inmediato. Especialmente en árboles viejos, alteraciones aparentemente ligeras o superficiales en el suelo en su entorno pueden suponer la muerte del árbol, o al menos un avance desmesurado en su deterioro, dada la especial conformación y disposición del sistema radicular en los árboles viejos.
El diagnóstico fisiológico y estructural (Raimbault), y el respeto de las leyes que dirigen cada etapa, especialmente las últimas: el descenso de copa y la producción de reiteraciones y brotes epicórmicos bajos debe respetarse y favorecerse, como camino de pervivencia.
Estudio de la posible presencia de agente patógenos debilitantes, y estudio de su posible control (que en sí mismo debe ser inocuo para el árbol).
Finalmente, debe considerarse la posible aceptación de la muerte natural del árbol, como parte del proceso natural, frente a posibles actuaciones exageradamente mecánicas y artificiales, que pudiesen alargar la vida del árbol, pero a costa de su estética y “dignidad”.
Satisfechas (o descartadas, si no hay tales problemas) las dos anteriores urgencias, la siguiente prioridad debe ser el conocimiento y registro, en grado suficiente, de las condiciones vitales del árbol.
Del propio árbol: especie, variedad, edad, historia, análisis fisiológico y estructural, anclaje y sistema radicular, patologías, actuaciones realizadas, etc.
Del entorno: vegetación, protección, exposición, competencia, suelo, cobertura, pendiente, orientación, erosión, analítica y profundidad del suelo, alteraciones, etc.
Presión humana de los visitantes, actual y futura.
Frecuentemente, la protección legal de un árbol, o la mera divulgación de su existencia, conlleva tal serie de alteraciones graves en el entorno inmediato, que ponen al árbol en unas condiciones vitales más duras que las que tenía antes de la protección y divulgación.
De hecho, en especies de madera codiciada, como el boj, la divulgación de la existencia de ejemplares extraordinarios puede llevar a su expolio y desaparición. Sirva esto como ejemplo de cómo la protección legal puede llegar a ser, en sí misma, dañina.
A otros niveles, la divulgación y protección suelen suponer una afluencia más o menos masiva de visitantes, lo que indudablemente supone una agresión grave sobre el suelo inmediato. No nos cansaremos de advertir de la gravedad de este hecho, aparentemente inocuo.
Si la protección legal consigue que el árbol acabe en unas condiciones vitales peores que las que tenía antes de la protección, habrá que concluir que tal supuesta protección es contraproducente.
3.5. Elaboración de un Plan de Gestión para cada ejemplar.
Ninguna actuación sobre el árbol o su entorno debería abordarse sin un previo Plan de Gestión en el que las posibles actuaciones fuesen contempladas en conjunto, valoradas y jerarquizadas. El conocimiento de las condiciones vitales, y la posterior elaboración de un Plan de Gestión para cada ejemplar deben ser considerados elementos prioritarios de la gestión. Sin ellos, la decisión de actuaciones, aún urgentes, puede ignorar aspectos esenciales y provocar daños o alteraciones graves e irreversibles.
El Plan de gestión debe recoger ordenadamente todo el conocimiento posible del árbol y el entorno, mantenerlo actualizado, programar en el tiempo las medidas concretas y actuaciones necesarias y suficientes para la correcta gestión del ejemplar, prever los medios (técnicos, humanos...), las partidas presupuestarias necesarias, etc.
Las principales prioridades deben ser las arriba indicadas:
Seguridad de los visitantes.
Pervivencia del ejemplar
Conocimiento de las condiciones vitales
En los casos de árboles monumentales privados, o enclavados en terrenos privados, la regulación de las visitas y el régimen de compensación de daños debe atenderse escrupulosamente.
El Plan de Gestión habrá estudiado si, de entre el conjunto de las condiciones vitales arriba expuestas, alguna está limitando o puede llegar a limitar seriamente el desarrollo vital del árbol, y habrá ordenado atender tales limitaciones, si fuese posible. Esta decisión de actuaciones concretas, insistimos, no debería acometerse sin conocer y valorar el conjunto de las condiciones vitales, sin determinar cuál o cuáles son limitantes y, de ellas, cuáles son las prioritarias, y, en definitiva, sin que todo ello estuviese contemplado y estudiado en un Plan de Gestión concreto.
El Plan de Gestión definirá si las actuaciones de mejora deben realizarse de una vez, o progresivamente; si en coordinación entre ellas, con qué plazos, etc.
3.7.
Proyección pública.
El resto de actuaciones no urgente debe ser abordado progresivamente. La proyección pública de los Árboles Monumentales, publicación, información, acceso, señalización, atención, etc., debe atenderse debidamente, inculcando valores de conocimiento y respeto.
4.
Conclusión.
La protección legal, en sí misma, puede no ser una garantía para el árbol protegido. Proteger sin gestionar, o gestionando mal, puede traer malas consecuencias.
Las alteraciones en el propio árbol o en su entorno inmediato, y la presión de visitantes, generalmente deseosos de destinos interesantes para sus paseos, pueden llegar a ser fatales para árboles viejos, al límite de sus posibilidades, en entornos alterados y degradados.
Al tratarse de la protección de ejemplares vivos, muchas veces en equilibrio vital precario, las actuaciones precipitadas o torpes pueden tener consecuencias fatales.
Como en tantos otros campos, el conocimiento y la planificación son las claves para una correcta gestión.
Gabriel Iguiñiz Agesta www.arbolonline.org