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SITUACIÓN
ACTUAL DE LA GESTIÓN DEL ARBOLADO URBANO.
La actual gestión del arbolado urbano está marcada por una serie de problemas crónicos, cada uno de ellos ya grave y de difícil solución, y que actuando todos juntos configuran una realidad compleja, enconada y deprimente.
Sólo
que haremos aquí un rápido paseo y algunas consideraciones finales.
1. Sentimiento, pasión
y manipulación.
El arbolado urbano se ha convertido en un elemento social, político, discutido y apasionado. Aunque su presencia y función podría suponerse paralela a las de otros elementos urbanos que también nos prestan su servicio (alumbrado, aguas, mobiliario, etc.), el arbolado urbano atesora una serie de cualidades que lo diferencian claramente:
No es
sencillo ser objetivo con el arbolado urbano. Y, por ello, es fácilmente objeto
de opinión, discusión, pasión y manipulación. Ningún otro elemento urbano
(ni siquiera las áreas verdes) despierta tantas pasiones. Ningún otro gestor
de elementos urbanos se encuentra sujeto a tantas presiones e intromisiones
(vecinales, políticas...) en su gestión, presiones que llegan a imponerse por
encima del correcto criterio técnico.
2. Divorcio y
contradicción entre diseño y mantenimiento.
En cada municipio, el diseño de las arboledas, o el control del diseño (cuando éste viene propuesto por promotores ajenos), corresponde al departamento de Urbanismo. Pero este departamento, a partir de ahí, parece desentenderse de los problemas que se deriven. El Servicio que se ocupa del mantenimiento del arbolado (Parques y Jardines), en numerosos casos no depende de Urbanismo, sino de Obras, cuando no de concejalías más lejanas.
Aunque es el técnico de Parques y Jardines quien conoce bien los problemas derivados del mal diseño y realización, en muy pocos Ayuntamientos ese técnico tiene voz y voto (o simplemente es consultado) para el diseño de los arbolamientos, o para los fines de obra
Difícilmente
se puede alcanzar un diseño correcto si éste desoye o desprecia sistemáticamente
los problemas prácticos que se lleguen a derivar de tales diseños.
3. Diseños
insensatos.
De hecho, los Departamentos de Urbanismo parecen ignorar (y en muchos casos ignoran realmente) el cúmulo de gastos y problemas que afectan al arbolado urbano mal diseñado.
Corresponde a Urbanismo hacer buen diseño y poner orden en aspectos como:
Si estos aspectos no se controlan en el diseño y ejecución, no tienen arreglo posterior.
4.
Un entorno progresivamente hostil y antinatural.
Actualmente el árbol urbano se enfrenta a un entorno más hostil que el se daba hace sólo 40 ó 50 años: pavimentaciones más estrictas, compactaciones técnicas más exigentes, recogida de pluviales, reducción progresiva del espacio (aéreo y subterráneo), agresiones y alteraciones constantes, etc.
Muchos de los árboles existentes han sufrido el cambio.
Los árboles de las nuevas plantaciones se enfrentan a un futuro más duro que el que tuvieron sus predecesores.
Actualmente ningún profesional puede realizar correctamente su trabajo sin un continuo esfuerzo formativo. El arbolado urbano está siendo un campo de enormes cambios, alentados por investigaciones y trabajos muy recientes, aún desconocidos en nuestras universidades.
A veces los estratos laborales inferiores acuden más a los cursos de formación y actualización que sus técnicos superiores. En aspectos de arboricultura moderna en concreto, la novedad de los conocimientos y la realización de numerosos cursos formativos a los trabajadores de arbolado, parques y jardines, está provocando que, en bastantes casos, los trabajadores de campo dispongan de formación e información más correcta y actual que sus técnicos superiores, que pueden seguir aplicando criterios y referencias hoy en día obsoletos.
El método habitual de valoración económica del arbolado urbano en España es la Norma Granada. Es una herramienta notable, que ha contribuido a elevar grandemente la consideración y el respeto al arbolado urbano.
Pero la Norma Granada se resiste a dar valoraciones bajas o negativas a árboles arruinados, a ejemplares ubicados en ubicaciones absurdas, no valora los costos crónicos derivados de diseños incorrectos, etc.
Esto chocaría con la filosofía con que fue creada: el cálculo de precios de compensación ante daños, expropiaciones, indemnizaciones, etc.
Pero esta valoración positiva, incluso de árboles incorrectos o arruinados, puede llevar a una lógica de conservación de tales ejemplares frente a su posible renovación por árboles jóvenes, vigorosos y mejor elegidos, pero menos valorados económicamente por la Norma Granada.
Si la Norma Granada acaba siendo “el método” de valoración, nos veremos sometidos a la exaltación de determinados parámetros, y al olvido de otros.
Parece imparable la tendencia a contratar el mantenimiento del arbolado urbano a empresas privadas, con lo que la baja económica alcanza una importancia capital en los concursos de adjudicación.
Todos los aspectos de la gestión y de los trabajos contratados (cualificación personal, tiempo, formación, materiales, tareas, etc.) sufren, bajo la presión de unos presupuestos a la baja, una paralela caída de calidad.
A esto
colabora también la frecuente incapacidad de los Servicios de Parques y
Jardines de seguimiento y control real sobre las múltiples facetas de los
servicios contratados.
8. Aceptación y
normalización de la ruina estructural.
El árbol es un elemento vivo sumamente sobrio y resistente (y cuya fuente de energía es exterior, solar), capaz de pervivir en entornos mezquinos y soportar agresiones repetidas de podas y accidentes.
Tanto es así que nos hemos acostumbrado a la presencia sistemática de tales árboles miserables, jóvenes o viejos, confirmando, efectivamente, que muchos no se mueren.
Cierto es, pero también es cierto que su funcionalidad queda enormemente mermada y que el factor riesgo se dispara, pues la ruina estructural es real.
Si los árboles muriesen con más facilidad, el recambio sería obvio. Su terca supervivencia anima a algunos a un mantenimiento a ultranza, impidiendo una renovación necesaria y aumentando progresivamente la proporción de árboles lamentables, disfuncionales y peligrosos.
La Norma Granada valora el árbol individual existente, y se desentiende de (o valora de un modo lateral) la funcionalidad real y práctica de ese árbol, que puede alcanzar precios altos a pesar de, por ejemplo, estar ubicado en un lugar absurdo. Se tiende a valorar la presencia, la edad y la cantidad. No se sanciona la irracionalidad o la ausencia. (La renovación de 1999 de la Norma Granada llega a dar un valor cero a un árbol si el estado sanitario es muy malo).
En realidad toda la gestión actual del arbolado urbano (diseño, ejecución, mantenimiento, renovación...) carece de orientación funcional: “para qué” queremos el arbolado en nuestra ciudad, “cuánto y qué” arbolado necesitamos, “dónde sí, y dónde no”.
En ausencia de tales referencias, la gestión no puede tener un norte claro.
Finalmente, aunque hay un cierto campo para el empeño profesional de los técnicos comprometidos, la gestión está gobernada (por activa o por pasiva) por la normativa existente. Si no existe una normativa que ordene cada uno de los aspectos de la gestión (que son muchos y complejos), no es posible, sencillamente no es posible, una gestión racional.
Es la asombrosa vitalidad de los propios árboles, su terca resistencia a agresiones, limitaciones y penalidades de todo tipo, la que está salvando la papeleta del arbolado urbano, gestionado bajo unos parámetros que rozan la irracionalidad.
Sin embargo, esa resistencia numantina tiene un alto coste: la presencia, a veces generalizada, de árboles raquíticos, mutilados, arruinados (es decir, radicalmente antiestéticos y disfuncionales), que los convierte en elementos de riesgo en el entorno urbano.
Dado que la experiencia demuestra que el ciudadano no protesta por ello y que el número real de accidentes es asumible, parece que podemos continuar así, aunque no sin sonrojo.Gabriel Iguiñiz Agesta www.arbolonline.org